Thursday, September 24, 2009

Prólogo de la novela cubana Síndrome de Estocolmo

            Los cuatro hombres, ataviados de pies a cabeza con ropas más brunas que la oscuridad reinante, viajaban en silencio. Llovía a cántaros; las tenues luces que alumbraban la estrecha y serpenteante, única senda asfaltada del caserío, parecían manchas deformadas,  desparramadas por los barridos de los limpiaparabrisas sobre la superficie del azotado vidrio exterior. La visibilidad reducida no preocupaba al piloto: había cubierto el recorrido tres veces en condiciones similares durante los siete días anteriores. El diluvio borraría las huellas, camuflaría los ruidos y limitaría la capacidad de observación de los posibles testigos indeseados; con seguridad, metidos debajo de las cobijas en la medianoche, aplazando para el amanecer los imponderables repentinos; los montunos se tomaban con calma los apurillos. El auto, del tipo compacto, de marca y de color similares al que parqueaba de vez en cuando en la casa-objetivo, detuvo la silenciosa marcha; tres de los ocupantes descendieron, y dejaron las puertas entreabiertas. El chofer oprimió un botón y activó los sensores encargados de evitar sorpresas en un radio de varios metros alrededor del emisor; el parpadeo de la pizarra y un bordoneo característico, al interrumpirse la señal de alta frecuencia, eran las señalas de alarma. No lo consideraba imprescindible, aquella era una operación sin mayores complicaciones, sin peligro de oposición activa ni encarnizada, sin aparentes riesgos, mas los contratistas suministraron el equipo nuevo, y prometieron que la técnica mejoraría sustancialmente en el futuro para ponerlos a tono con el resurgimiento de la insurgencia de baja intensidad, orientada a carcomer gobiernos, a promover inestabilidad en beneficio de candidatos de izquierda o de derecha con fabricada imagen de moderados. Uno de los sujetos se ocultó detrás de una especie de paraban de madera, entre las sombras, para vigilar y servir de apoyo; un segundo se adentró por un estrecho y corto pasillo irregular lleno de cajas plásticas y de cartón, de escobas, de botellas y de latas vacías, de maceteros con y sin plantas, de todo tipo de obstáculos desperdigados: la imagen de la pobreza de espíritu. A pesar de las tinieblas no estrenó los binoculares de visión nocturna de segunda generación. Habían recogido un sinnúmero de fotografías y de videos a dispares horas con un visor nocturno digital 5x42 y con un robot táctico, de 187 milímetros de largo y 38 de diámetro, para corroborar la descripción del colaborador durante los interrogatorios y, diseñado con los datos, una fiable reproducción computarizada tridimensional del inmueble. Se acercó con sigilo a una ventana, el agua que se escurría por su traje no lo molestaba, lo entorpecía el desorden. Con movimientos pausados despegó las tapas de la bolsa, unidas por un cierre de velcro «silencioso», de uso militar, con igual sistema de fijación a la cadera por medio de correas alrededor del muslo y al cinto. Extrajo un balón con un gas licuado, lo agitó levemente, lo destapó y, le introdujo, presionando, con movimientos entrenados, una boquilla con una vermiforme manguera de un metro de longitud. Alargó la mano derecha y desjuntó con mucho cuidado, para evitar que se desprendiera, una persiana de vidrio, e introdujo un extremo del tubo. Los guantes bien ajustados, con propiedades adherentes, le facilitaron la sujeción a pesar de que sudaba. El pulgar de la mano izquierda oprimió la parte superior de la válvula, y esperó tres largos minutos antes de hacerlo nuevamente. El tercer sujeto lo imitaba; repitió la operación en una de las ventanas del portal, y fue a sustituir al vigilante. Las moléculas de la mezcla de gases inodoros descenderían con lentitud para lograr el efecto narcotizador al ser inhalado por los cuerpos yacientes, el cual cesaba pasados quince minutos, con el inicio de la descomposición, hasta desaparecer sin dejar rastros detectables para el más delicado olfato pasada una hora. Sin perder tiempo se dirigieron hacia la meta principal; ascendieron con lentitud, de uno en fondo, la escalera de hierro al final del pasillo, la persistente y monótona lluvia ahogaba los rítmicos pasos. El que encabezaba se detuvo y, sin estirarse demasiado, introdujo el conducto del cilindro presurizado por la hendija que separaba al marco superior de la puerta de madera barata. El gas era más pesado que el aire, pasados noventa segundos cubría el setenta u ochenta por ciento de una habitación de cuatro a seis metros cuadrados. Guardó el contenedor de quinientos centímetros cúbicos con los accesorios en la bolsa, sacó una llave maestra para forzar la cerradura, después de esperar agazapados un rato prudencial, sabían de qué tipo era por las instantáneas, y cómo hacerlo con la original colocada del otro lado; lo aprendieron en un foro en la Internet. Antes de entrar se colocaron máscaras antigás que les cubrieron narices y bocas, encendieron pequeñas linternas enganchadas en la cintura, y empujaron la batiente con suavidad. El puntero avanzó en línea recta, los guiaba un plan con dos posibles variantes de ubicación. El zaguero se desvió hacia la derecha, rodeó la cama matrimonial, halló al bebé, como se suponía, y tocó levemente un círculo naranja en el extremo superior de la pantalla táctil del reloj digital en la muñeca izquierda. La comunicación la realizaban por medio de impulsos eléctricos que se transformaban en silbidos cortos e intermitentes que escuchaban a través de un minúsculo audífono introducido en la oreja, cuyos significados debían ser previamente asociados con sí, no, peligro, avance, retirada…, así evitaban utilizar mensajes de voz cifrados para comandos simples. El primero en entrar dirigió el haz de luz al rostro de la madre y, convencido de que estaba inconsciente, regresó sobre sus pasos para conducir la retirada, por el mismo procedimiento había comunicado que esa parte del plan estaba por cumplirse. El otro extrajo de una bolsa, también ajustada a la cadera, un saco impermeable acolchonado y, con torpeza, alzó e introdujo al bebé de poco más de un año. No comprobó sus funciones vitales, salió con prontitud y descendió por las escaleras con impericia. El centinela cedió el puesto, y se adelantó para abrir completamente una de las puertas traseras del carro al que transportaba la carga en brazos, tampoco la atrancó esta vez. Luego, fue hasta el maletero y sacó un bulto en un saco similar al utilizado para el secuestro; regresó a la casa, y subió saltando los escalones de dos en dos, pero sin afincar el calzado antideslizante. Llevaba a un infante drogado de más o menos la misma edad; por poco dinero los piedreros conseguían lo que fuera en los precarios; resultaba fácil eliminarlos, culpaban a los iguales de las zonas rojas. Colocó el cuerpo tibio e indefenso, sin prestarle atención, el que pasaría de la luz a las sombras sin comprender eso ni nada, junto a la mujer de edad madura; cerró el cuarto con precaución, descendió y, con movimientos ágiles, violó el pequeño candado que cerraba el acceso al recinto localizado debajo del cuarto que había dejado. Mientras revisaba y manipulaba los cables que entraban y salían, sin orden ni protección, de un registro eléctrico, atornillado al ras de las desnudas paredes de madera, minadas por las termitas, ayudándose con un lapicero-linterna que sostenía con los dientes, el secuaz que había encontrado al pequeñuelo regresó casi corriendo, las acciones de los hombres se aceleraban conforme pasaba el tiempo, con un pesado envoltorio envuelto en tejido de baja porosidad. Tardaron dos minutos en sincronizar un «accidental» corto circuito con el regulador «defectuoso» del cilindro de gas para cocinar, habitual en aquellas comunidades durante los regulares y prolongados temporales. Se reunieron con el vigilante de turno, quien informó del fin de la operación, y se encaminaron con paso normal al vehículo que los esperaba con el motor encendido. El chofer por medio del código de señales había autorizado el abordaje.
         Cuando la detonación se produjo ya estaban a varios kilómetros, avanzaban con moderación sobre el irregular asfalto resbaloso. La borrasca continuaba; ni señales de advertencia, ni de límites de velocidad, les facilitaban el viaje hacia la frontera norte, pero conocían el camino, la única forma de no terminar en un guindo en aquel país que algún beocio se le ocurrió comparar con los herederos de los helvecios y los suevos.
 
          La vida es una mierda porque las ideas preconcebidas sobre el futuro durante la adolescencia y la temprana juventud son ingenuas fantasías. No es necesario viajar a la velocidad de la luz para comprender la variabilidad del tiempo: hasta los veinte años apenas se nota luego, no se puede detener. Los acontecimientos se desarrollan por antojos y, generalmente, no conceden segundas oportunidades. La experiencia, cuando llega, sirve para interpretar el pasado. La sabia virtud expuesta en los sagrados Diez Mandamientos se extravió antes que el Arca de la Alianza: el egoísmo y el egocentrismo son del hombre como la empuñadora de la espada, y el instinto solidario sirve para cubrir las apariencias; es sádico, ambicioso de cargos distintivos y de recompensas; se cultiva y no es feliz, se frustra y no estudia; critica lo impuesto y aspira a lo pasado; para cada generación más de lo mismo es nuevo. Porque el fuerte aplasta al débil; al bueno emprendedor le llaman tonto si es engañado por el malo haragán, el astuto. Los fracasos de los unos son los triunfos de los otros, sin los cuales el conglomerado humano no avanza, se estanca y perece, aunque el movimiento no implique cambios de esencias, de sentidos y de metas. Porque la irrestricta libertad de expresión es una utopía: las sinceras críticas al comportamiento del que manda, por autoelección, por designación o por votación; al hermano de sangre, al verdadero amigo o al vecino cercano son tan apreciadas como el cáncer. Los momentos agradables son efímeros e insulsos, y los desagradables tan persistentes que se recuerdan siempre. Lo justo y lo  injusto son conceptos indefinidos utilizados para ocultar intereses mezquinos. Porque es difícil gobernarse a sí mismo: la voluntad escapa de la razón y los sentimientos de la cordura. El amor es indescifrable, negociable e intercambiable por la mercancía universal de trueque, ya sea condenado o alabado por las leyes terrenales o por las divinas; mueve al mundo, igual que la palanca de Arquímedes, por lo elevado de las evocaciones sentimentales o por lo práctico de las transacciones. Aparece y desaparece después de inducir al sufrimiento; empuja hacia las personas equivocadas, las que aplastan, humillan, se ríen de los sentimientos genuinos, y hacen parecer estúpidos a los camelados para que pierdan el control, les asalte la tristeza, la melancolía y el dolor. Y, si por azar se encuentra la compañía adecuada, tarde o temprano invade el espacio individual, ulcera el ánimo, malgasta el esfuerzo y resiente el dolor de la incomprensión. La convivencia social es una creación natural podrida: los amigos son tan abundantes como las lluvias en un inhóspito desierto austral y las olas de tres metros en una norteña bahía de bolsa. Porque vivir con los padres es tan perjudicial como el efecto invernadero: las familias son sólidos apoyos y enemigos acérrimos. El mundo está atiborrado de objetos materiales deseables y complicadamente alcanzables hasta para los propios productores, al margen del país, del siglo o de la formación económico-social. Las sociedades son semejantes con independencia de los gobiernos y de los paradigmas: lloran, fornican, se resisten al destino inverecundo que las persigue, se prostituyen para sobrevivir; se corrompen ya que el alabado supremo es perverso, ciego, tonto, chistoso o cruel. Porque la civilización en milenios no ha cambiado un ápice, siempre ha sido así, lo es y lo será, sabe Dios, hasta cuándo.  

Publicada en http://amdorg.bubok.com

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