Thursday, December 10, 2009

Ley de Pareto

La sociedad se rige por la ley de Pareto: el veinte por ciento de las acciones induce el ochenta por ciento de los efectos. Lo que se traduce en que un quinto de la humanidad lleva a cuestas los cuatro quintos restantes. Los avances científicos-técnicos y las leyes sobre las cuales se erigen estos son descubiertos y enunciados por los recogidos en la pequeña fracción, los indispensables, junto a los creadores, artistas o no, los emprendedores, aquellos que dejan una huella en cualquier campo del quehacer humano. En la fracción mayoritaria se encuentran los que sostienen la sociedad: los reproductores que construyen lo diseñado y que materializan en la práctica las grandes ideas y, por desgracia, los mediocres que nacen y mueren sin importarles, cuando más, a sus  familias, los que son aplastados por el manto de la Historia; además, la escoria, los seres defectuosos que hacen de la vida una tortura, los rateros de poca monta que se pudren en las cárceles o mueren en las calles porque no tienen talento para delinquir con inteligencia, los lastres imposible que no se pueden soltar, el producto residual que hace imperfecta la reacción de la realización humana.
La ley de Pareto justifica que las minorías gocen de más beneficios que las mayorías,  aunque con el paso de los siglos, los incluidos en estas son menos desgraciados que sus pares de antaño; el mundo avanza manteniendo las diferencias propias de su génesis con cantidades distintas. Las diferencias podrían desaparecer o manifestarse con cualidades distintas, la Ley de la Relatividad no niega a la de Newton. Pero si bien la sociedad no es inamovible sigue rutinas inviolables, como que la materia puede evolucionar de variadas formas, pero nunca hasta negar la necesidad de recibir energía externa que degradará en proteínas y carbohidratos para continuar reproduciéndose. Si otras formas de energía suplieran al combustible orgánico, digamos, eléctrica, el hombre sería un robot, una mezcla, pero no el que desnudo sobre la tierra cambió su entorno hasta abandonar el planeta que lo parió.  
Lo mismo que los delincuentes intentan quebrantar la ley penal, las mayorías quisieran ignorar que todos no pueden ser millonarios, por más que la posibilidad de escapar de la penuria económica está dentro de cada ser, y la concreción en la interacción con el medio de desenvolvimiento. Así que grandes promesas no florecerán por detalles. La incertidumbre rige los destinos del Universo en sus esencias más íntimas. Y el talento es ambicionado, injuriado y combatido por los incapaces de crear algo útil. La envidia forma parte del arsenal de cualidades humanas que más explotan los líderes populistas, los que encienden las pasiones, enemistan y dividen para solidificarse en el poder. La vida contiene lo necesario para la felicidad y para la tristeza, fácilmente intercambiables, una y otra llevan  del éxtasis al desengaño; la variabilidad de juicios es una consecuencia de la capacidad para el aprendizaje, la experiencia que sirve para acometer empresas complejas, y que no evita las tonterías.
La vida es arbitraria, una confrontación inevitable donde siempre hay vencedores y vencidos, porque todos tienes las mismas aspiraciones, pero diferentes aptitudes y actitudes.

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