La trama de la segura película ganadora de premios Oscar en febrero próximo es tan simple que antes del final se puede predecir el desenlace. Un terrícola en pocos meses se enamora de la coexistencia en total equilibrio con la naturaleza de los seres racionales de un planeta remoto y se une a ellos. Las historias que narran la complejidad de la vida real son menos exitosas porque tienen una conclusión triste: el amor puro es efímero, tan sólo una impresión pasajera. La tolerancia que conlleva es repartida por la naturaleza, entre los seres pensantes, en dosis muy pequeñas. Es por eso que la magistral obra de Alejo Carpentier es casi desconocida en la actualidad. Y la felicidad se encuentra en la evasión porque no podemos cambiar lo que somos. De todas formas el mensaje racial persiste: quien organiza la resistencia es un marine. Despreciar está implícito en el código de la vida, la cual significa confrontación entre corrientes distintas. Entonces, no es inexplicable que la ayuda que fluye hacia Haití es entorpecida por los intereses contrapuestos de los países que participan y por la desesperación de los nativos, quienes sin comida y abrigo son aún menos racionales, si lo asociamos con el respeto al derecho ajeno. Pero no constituye un caso aislado, sucedería igual en cualquier país «civilizado» privado de los elementos primordiales para la vida. Somos animales, cuya primera función es sobrevivir individualmente como sea. Los que ayudan solo se desprenden de lo que no necesitan perentoriamente; sacrificarse por otros a costa de la propia vida es excepcional.
Haití es el país más pobre del Continente por obra y gracia de la independencia que los libros de Historia reflejan como la primera de América latina. Los esclavos, una vez conquistada la libertad, no supieron qué más hacer, no estaban preparados para conformar un estado democrático, e imitaron lo conocido; colocar en el poder a un semejante, el que los explotaba tan salvajemente como los blancos expulsados, deponerlo y repetir el ciclo. Las metrópolis esclavistas del siglo XIX podían ignorar a una pequeña isla, mas esta no al mundo exterior, y no han sido capaces de pasar de una economía de subsistencia, y han degradado la otrora tierra fértil. La pobreza y la ignorancia son los peores enemigos del planeta Tierra. La interacción entre civilizaciones que ha ocurrido desde que el mundo es mundo ha resultado en beneficio, a largo plazo, para las menos desarrolladas. Los nómadas que conquistaron la península itálica proveniente del Norte de Europa fueron disciplinados por el legado del Imperio Romano, aunque sobrevino un periodo oscuro de franco retroceso que duró siglos. Y los mongoles que se instalaron en China dejaron de pernoctar en tiendas en comunión con sus caballos y asumieron la cultura superior sedentaria. Así que el resto de las colonias americanas no sufrieron igual suerte que Haití porque se emanciparon de la mano de los educados por los colonizadores. La vida es irreversible: el aprendizaje de los menos desarrollados ocurre con sufrimiento que se revierte, a largo plazo, en mejores condiciones de vida. En aquellas regiones donde la influencia cultural superior foránea no rompe completamente con la estructura autóctona el subdesarrollo persiste, a veces, para perjuicio de toda la humanidad. Por eso los islamistas retrógrados amenazan la paz mundial, además de que mantienen en la indigencia a millones de practicantes. Las poblaciones que han mantenido viva la cultura aborigen en Centroamérica son los que poseen una menor esperanza de vida, y África ha cambiado el arco y la flecha por las metralletas.
Sin la vida citadina Avatar en tercera dimensión siquiera sería un sueño, y la humanidad un poco menos que un Haití cualquiera. Sin embargo, es cómodo condenar la degradación de la naturaleza que hicieron los antepasados en una habitación climatizada, rodeado de equipos conectados a una red wireless, el resultado, hasta ahora, de la «descabellada» industrialización.
Haití es el país más pobre del Continente por obra y gracia de la independencia que los libros de Historia reflejan como la primera de América latina. Los esclavos, una vez conquistada la libertad, no supieron qué más hacer, no estaban preparados para conformar un estado democrático, e imitaron lo conocido; colocar en el poder a un semejante, el que los explotaba tan salvajemente como los blancos expulsados, deponerlo y repetir el ciclo. Las metrópolis esclavistas del siglo XIX podían ignorar a una pequeña isla, mas esta no al mundo exterior, y no han sido capaces de pasar de una economía de subsistencia, y han degradado la otrora tierra fértil. La pobreza y la ignorancia son los peores enemigos del planeta Tierra. La interacción entre civilizaciones que ha ocurrido desde que el mundo es mundo ha resultado en beneficio, a largo plazo, para las menos desarrolladas. Los nómadas que conquistaron la península itálica proveniente del Norte de Europa fueron disciplinados por el legado del Imperio Romano, aunque sobrevino un periodo oscuro de franco retroceso que duró siglos. Y los mongoles que se instalaron en China dejaron de pernoctar en tiendas en comunión con sus caballos y asumieron la cultura superior sedentaria. Así que el resto de las colonias americanas no sufrieron igual suerte que Haití porque se emanciparon de la mano de los educados por los colonizadores. La vida es irreversible: el aprendizaje de los menos desarrollados ocurre con sufrimiento que se revierte, a largo plazo, en mejores condiciones de vida. En aquellas regiones donde la influencia cultural superior foránea no rompe completamente con la estructura autóctona el subdesarrollo persiste, a veces, para perjuicio de toda la humanidad. Por eso los islamistas retrógrados amenazan la paz mundial, además de que mantienen en la indigencia a millones de practicantes. Las poblaciones que han mantenido viva la cultura aborigen en Centroamérica son los que poseen una menor esperanza de vida, y África ha cambiado el arco y la flecha por las metralletas.
Sin la vida citadina Avatar en tercera dimensión siquiera sería un sueño, y la humanidad un poco menos que un Haití cualquiera. Sin embargo, es cómodo condenar la degradación de la naturaleza que hicieron los antepasados en una habitación climatizada, rodeado de equipos conectados a una red wireless, el resultado, hasta ahora, de la «descabellada» industrialización.
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