Wednesday, January 13, 2010

Juan Pérez

Dos Juan Pérez  llegaron en un vapor de la lejana península ibérica, huían de la terrible pobreza posterior a la Primera Guerra Mundial. La zona central de la isla de Cuba fue el destino escogido por estos desconocidos tocayos. Uno de ellos se dedicó a trabajar de sol a sol, y ahorrar. Se compró una vaca luego, dos, tres, y en los años treinta ya era un terrateniente. Años antes trajo a la cuñada de Galicia, quien empleó en labores domésticas junto a la esposa. La muchacha se encontró con el otro Juan Pérez, el que durante años no había pasado de ser un obrero agrícola que culpaba a los ricos de las necesidades de los pobres como él. El Juan Pérez rico accedió al matrimonio y les adjudicó una pequeña parcela, pero el Juan Pérez pobre no se lo agradeció; lo tachó de tacaño por darle tan poco, en esos tiempos se autodenominó comunista, aunque no sabía leer ni escribir. Cuando su hijo tenía un año de edad pereció en un accidente laboral; el Juan Pérez rico se hizo cargo del muchacho, quien debió trabajar desde la adolescencia, alcanzando posiciones administrativas en la empresa familiar. No obstante, en la turbulenta década de los cincuenta simpatizó con el Movimiento 26 de julio y los barbudos de la Sierra Maestra; conspiró y, perseguido por las autoridades, fue ayudado por el Juan Pérez rico, el que lo envió a la capital para que se ganara la vida en uno de sus almacenes. Triunfó la Revolución y el Juan Pérez rico fue expropiado, el hijo del pobre se convirtió en comunista. Alejó a sus hijos de los descendientes de Juan Pérez rico, quien esperó en vano la reintegración de sus propiedades. Pasaron los años, y el hijo del Juan Pérez pobre se sintió defraudado, lo Revolución quitó más de lo que dio; socialismo significaba que uno decidía y pensaba por todos los demás, quienes debían revolverse en la inopia sin protestar. Un día fue castigado por contradecir a los superiores, llegó a la casa de paredes resquebrajadas diciendo que si nada hubiera cambiado tendría dinero a raudales. Y recordó que tenía familiares en el Norte; los que se fueron con el «Imperialismo» gozaban de una vida cómoda. Se tragó el orgullo y les recibió los cien dólares que le dejaron en una visita, y comió junto a ellos en restaurantes que no aceptaban como pago el sacrificio desbordado a raudales, sino dólares. Más tarde removió cielo y tierra para que le reconocieran la nacionalidad española y acceder a las divisas que estos suministraban a los compatriotas y primeros descendientes. Pero nada de eso le consumió el fervor revolucionario. No entendió que su hijo emigrara por falta de oportunidades. No podía pensar de otra forma. No se puede evolucionar cuando no se puede comparar, cuando la información desciende por un solo canal. Así que, con chavitos gallegos, siguió pensando que el socialismo con un poco de maquillaje era la única alternativa de la humanidad.

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