Toñito no nació en el seno de una familia pudiente, pero nunca fue compelido a trabajar, y tuvo acceso a la educación pública. Sin embargo, perdió un año y los resultados académicos siempre dejaron mucho que desear; la madre lo trataba como si fuera un bebé grande. Al concluir el bachillerato prosiguió estudios de diplomado en panadería, y se dedicó a cocer un poco de pan varias veces por semana. Vivía en una zona rural donde la demanda nunca crecía, cuanto más, se mantenía constante. La costumbre dictaba que los pimpollos abandonaran los estudios para buscar empleo, generalmente, de peones. Los repartidores de mercancías o dependientes eran privilegiados. En esa zona no se establecían industrias y no había generación de recursos, solo redistribución. Los pocos que se aventuraban en una carrera universitaria elegían especialidades de moda: administración de empresas, derecho, enseñanza, en universidades privadas, donde quien pagaba aprobaba.
Toñito prefería pasar horas frente al televisor, jugando videojuegos, descansando, hablando con la novia o bebiendo, a los veinte y tantos parecía mayor por la falta de actividad física. Sentía pereza de limpiar los utensilios de trabajo, mamá estaba para eso, para asear el cuarto, tender la cama, lavar la ropa y encontrarle las medias en el revoltijo de su vida. Ella le insistió para que siguiera estudiando bajo su auspicio, y él escogió procesos alimenticios o algo parecido, luego de tomarse unas vacaciones de cinco años, mandar y gastar eran sus sueños. Y por eso pactó que alguien se encargara de las tareas relacionadas con recetas de cocina para no forzar las neuronas. De lo contrario, amenazaba con abandonarlo todo y buscarse un trabajo, el temor de sus padres; opinaban que el que laboraba perdía el interés por la superación.
En la capital, a pocos kilómetros, un tocayo de Toñito terminó el bachillerato sin notas sobresalientes, y no aprobó los exámenes de ingreso a una universidad estatal, mas estaba convencido de que el nivel educacional es proporcional al ingreso, así que se colocó de dependiente de una cadena de tiendas para pagarse los estudios superiores. Sabedor de que la experiencia es un requisito indispensable para conseguir un buen empleo, trató de hacerse notar por sus jefes hasta ascender a asistente comercial. Soportó abusos y atropellos, pero tenía claro el objetivo. Se graduó y con el aval de la práctica y el título buscó un puesto de más categoría, en la oficina el gerente no consideraba los ascensos; los empleados eran piezas inermes, malcriados a los que no se debían consentir. Obtuvo entrevistas, pero sin cartas de recomendación nadie se animó a probarlo, y su patrón ni siquiera le reconoció el esfuerzo. Por suerte encontró una ex colega que también había experimentado el desdén al desligarse del mismo torturador, la que había alcanzado una mejor colocación gracias a un conocido. Ella le aconsejó matricularse en una maestría: los títulos, los años de trabajo y las recomendaciones son avales irremediables en la sociedad costarricense antes de los treinta y cinco, después depende de los caprichos del Señor.
Toñito prefería pasar horas frente al televisor, jugando videojuegos, descansando, hablando con la novia o bebiendo, a los veinte y tantos parecía mayor por la falta de actividad física. Sentía pereza de limpiar los utensilios de trabajo, mamá estaba para eso, para asear el cuarto, tender la cama, lavar la ropa y encontrarle las medias en el revoltijo de su vida. Ella le insistió para que siguiera estudiando bajo su auspicio, y él escogió procesos alimenticios o algo parecido, luego de tomarse unas vacaciones de cinco años, mandar y gastar eran sus sueños. Y por eso pactó que alguien se encargara de las tareas relacionadas con recetas de cocina para no forzar las neuronas. De lo contrario, amenazaba con abandonarlo todo y buscarse un trabajo, el temor de sus padres; opinaban que el que laboraba perdía el interés por la superación.
En la capital, a pocos kilómetros, un tocayo de Toñito terminó el bachillerato sin notas sobresalientes, y no aprobó los exámenes de ingreso a una universidad estatal, mas estaba convencido de que el nivel educacional es proporcional al ingreso, así que se colocó de dependiente de una cadena de tiendas para pagarse los estudios superiores. Sabedor de que la experiencia es un requisito indispensable para conseguir un buen empleo, trató de hacerse notar por sus jefes hasta ascender a asistente comercial. Soportó abusos y atropellos, pero tenía claro el objetivo. Se graduó y con el aval de la práctica y el título buscó un puesto de más categoría, en la oficina el gerente no consideraba los ascensos; los empleados eran piezas inermes, malcriados a los que no se debían consentir. Obtuvo entrevistas, pero sin cartas de recomendación nadie se animó a probarlo, y su patrón ni siquiera le reconoció el esfuerzo. Por suerte encontró una ex colega que también había experimentado el desdén al desligarse del mismo torturador, la que había alcanzado una mejor colocación gracias a un conocido. Ella le aconsejó matricularse en una maestría: los títulos, los años de trabajo y las recomendaciones son avales irremediables en la sociedad costarricense antes de los treinta y cinco, después depende de los caprichos del Señor.
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