Toyota ha sorprendido al mundo al verse obligado a retirar del mercado millones de vehículos. La confiabilidad de los productos japoneses ha caído en entredicho, pero no es el último caso: el desenfreno rompe los límites de lo supuestamente lógico, por más que es evidente. No hay desarrollo sin excesos. La sociedad humana ha evolucionado hacia un incremento de la competitividad con el respectivo endurecimiento del conflicto comercial, pero contienda, al fin y al cabo, por subyugar los favores de los consumidores, el objetivo de los conquistadores modernos; las empresas privadas que sostienen los estados que las contienen y aquellos donde anclan las sucursales. Los países con grandes corporaciones trasnacionales son más influyentes a nivel mundial, independientemente de las formas de gobierno.
El consumismo es una muestra de libertad; poder escoger implica evolución del pensamiento desde la imposición hacia la negociación. En la época de Carlomagno los hombres tenían un dueño que les imponía lo que debían pensar, creer y realizar. Las armas lo eran todo, la vida no valía nada; ahora son imprescindibles para que agoten los productos. El afán de lucro también obliga a los ricos a ocuparse de los pobres que deben manejar los medios de producción cada vez más sofisticados, resultando en un beneficio desigual, pero recíproco.
Los conflictos que abarcan millones de kilómetros cuadrados se han reducido al mismo tiempo que la regionalización se fue afianzando. Ya no es posible que unos godos o unos longobardos ocupen una península itálica desplazando a los nativos. Hitler fue el último que intentó hacerlo y fracasó. Estados Unidos no pretende suplantar el Islam en Irak ni en Afganistán. Ya el mundo no es lo que era; está más integrado y los intereses particulares más relacionados con los allende de las fronteras. Incluso, se ha humanizado: quinientos años atrás la tragedia de Haití no hubiera movilizado a países tan lejanos, como Israel, aun los impulse intereses políticos muy particulares. En siglos pasados las apariencias eran menos importantes y no reportaban beneficios directos a segundos, sino a costa de la pérdida de la autonomía. Por supuesto, esta evolución ha costado sangre, destrucción y muerte, y ha ocurrido con intermitencias, alternando ciclos de avances con los de retrocesos a nivel global y nacional. Tal es el caso de Cuba; un país que atraviesa una propia edad oscura. El socialismo revierte la conformación de la sociedad: obstruye el desarrollo desarticulando el veinte por ciento que crea la riqueza para suplantarlo, en la dirección del ochenta de ejecutores restantes, por un Chamán, quien decide la vida y la muerte de la mayoría por obra del engaño, la manipulación y la división. El socialismo cumple con la promesa de alterar el ciclo histórico del hombre regresándolo a orígenes «más igualitarios» donde predominaban la pobreza y falta de derechos de la comunidad. No por gusto en las escuelas socialistas se enseña que fue una época «dorada». Al eliminar la competencia se apaga el motor del desarrollo con la consecuente pérdida de valores y la desorientación; el individuo se vuelve menos humano. Sin embargo, el inepto que sabe que la tierra gira alrededor del sol sigue rezando por la riqueza que solo crea esfuerzo. Los que yacen esperando por la llegada del Mecías son los que se dejan engañar y, como carne de cañón, destruyen a quienes generan la riqueza que les toca en ínfima parte; escogen no tener nada. Sin dudas hay pueblos menos evolucionados que otros.
Las necesidades básicas del Homo sapiens se han sofisticado; el alimento y el abrigo buscan satisfacción más que mantener la vida en mínimos tolerables. El desarrollo de una parte del mundo influye en la restante. El camino está bien trazado, pero cubierto de zarzales y no exento de catástrofes mortales.
El consumismo es una muestra de libertad; poder escoger implica evolución del pensamiento desde la imposición hacia la negociación. En la época de Carlomagno los hombres tenían un dueño que les imponía lo que debían pensar, creer y realizar. Las armas lo eran todo, la vida no valía nada; ahora son imprescindibles para que agoten los productos. El afán de lucro también obliga a los ricos a ocuparse de los pobres que deben manejar los medios de producción cada vez más sofisticados, resultando en un beneficio desigual, pero recíproco.
Los conflictos que abarcan millones de kilómetros cuadrados se han reducido al mismo tiempo que la regionalización se fue afianzando. Ya no es posible que unos godos o unos longobardos ocupen una península itálica desplazando a los nativos. Hitler fue el último que intentó hacerlo y fracasó. Estados Unidos no pretende suplantar el Islam en Irak ni en Afganistán. Ya el mundo no es lo que era; está más integrado y los intereses particulares más relacionados con los allende de las fronteras. Incluso, se ha humanizado: quinientos años atrás la tragedia de Haití no hubiera movilizado a países tan lejanos, como Israel, aun los impulse intereses políticos muy particulares. En siglos pasados las apariencias eran menos importantes y no reportaban beneficios directos a segundos, sino a costa de la pérdida de la autonomía. Por supuesto, esta evolución ha costado sangre, destrucción y muerte, y ha ocurrido con intermitencias, alternando ciclos de avances con los de retrocesos a nivel global y nacional. Tal es el caso de Cuba; un país que atraviesa una propia edad oscura. El socialismo revierte la conformación de la sociedad: obstruye el desarrollo desarticulando el veinte por ciento que crea la riqueza para suplantarlo, en la dirección del ochenta de ejecutores restantes, por un Chamán, quien decide la vida y la muerte de la mayoría por obra del engaño, la manipulación y la división. El socialismo cumple con la promesa de alterar el ciclo histórico del hombre regresándolo a orígenes «más igualitarios» donde predominaban la pobreza y falta de derechos de la comunidad. No por gusto en las escuelas socialistas se enseña que fue una época «dorada». Al eliminar la competencia se apaga el motor del desarrollo con la consecuente pérdida de valores y la desorientación; el individuo se vuelve menos humano. Sin embargo, el inepto que sabe que la tierra gira alrededor del sol sigue rezando por la riqueza que solo crea esfuerzo. Los que yacen esperando por la llegada del Mecías son los que se dejan engañar y, como carne de cañón, destruyen a quienes generan la riqueza que les toca en ínfima parte; escogen no tener nada. Sin dudas hay pueblos menos evolucionados que otros.
Las necesidades básicas del Homo sapiens se han sofisticado; el alimento y el abrigo buscan satisfacción más que mantener la vida en mínimos tolerables. El desarrollo de una parte del mundo influye en la restante. El camino está bien trazado, pero cubierto de zarzales y no exento de catástrofes mortales.
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